jueves, 6 de enero de 2011

SOBRE LA “INTERVENCIÓN CONTINENTAL”
J. Mauricio Chaves-Bustos

La muestra expuesta en el Hotel Continental de Bogotá, reúne una serie de elementos que sin duda alguna prefiguran la modernidad en Latinoamérica en una obvia e indeleble ilación entre si: la ciudad, como escenario de posibilidades donde confluyen las aspiraciones del capital en atisbos que intentan romper con el pasado provincial de los países; el ámbito histórico como un referente de la memoria social, cuanto no de las élites así como de las colectividades, en la búsqueda pretendida, al mejor modelo hegeliano, de prefigurar una dialéctica que cada vez conduce, concretamente a los pueblos del denominado tercer mundo, a los intrinques de la modernidad, particularmente la europea, pero por sobre todo a su máxima expresión y concreción, la estadounidense; y tercer elemento, pretexto que se hace texto en la expresión artística, la muestra de un grupo de artistas que bajo la óptica estética se vuelven profetas en el mundo colombiano contemporáneo, en el sentido de que mediante sus imágenes y obras anuncian y denuncian un contexto específico de nuestra realidad, alcanzando expectación universal. En estos tres elementos nos detendremos a continuación.
La ciudad es el lugar donde el hombre ha desarrollado gran parte de su potencial humanístico, no en vano todo gran imperio gira en torno a una gran ciudad, y toda gran ciudad gira en torno a sus grandes hombres, así la Atenas de Pericles, la Roma de Augusto, la Tenochtitlan de Moctezuma Ilhuicamina, el Qosqo de Pachacútec. La ciudad habla del transcurrir de la civilización, donde confluyen en sus avenidas el deseo de suplir sus necesidades y el afán de vivir en cercanía con el otro; por ello la ciudad es más que edificios y caminos, más que teatros y necrópolis, es la suma de los individuos-sujetos en un afán por convivir –la vecindad-, “es precisamente la colectividad, la que marca la diferencia entre una simple aglomeración y una ciudad, donde la cualidad de lo urbano, esta determinada por sus diferentes sistemas de relaciones sociales económicas, políticas, etc. de acuerdo a la mayor o menor complejidad según su vocación, tamaño y desarrollo” (Pulido); y es también las instituciones que nos hablan del hombre que transmuta entre lo público y lo privado. La ciudad es el escenario donde el hombre se concreta como sujeto, viabilizada a la vez por el lenguaje como elemento empleado para crear a la humanidad como tal. Por ello es menester que el hombre vuelva nuevamente los ojos hacia el entorno, a la vez que interiorice de nuevo sobre sí mismo para ser consciente de que no solo la razón es parte operante en su creación – ésta sería la suma de lo puramente físico en la ciudad -, sino que debe ahondar en sus sueños, en sus quimeras que, como a Edipo, lo invitan a cuestionarse permanentemente, es lo pulsional esencial para salvar a la ciudad del caos, de un materialismo inusitado, en donde a más de lo puramente físico la ciudad trasciende en lo lúdico atemporal, en lo onírico supuesto, y en la ensoñación utópica, sin desconocer que en la ciudad el hombre reafirma su condición humana con los otros, se afirma la dignidad humana reconociéndose como obra perfecta, infinito en sus facultades, preciso y admirable en su forma y movimientos, capaz de entender el mundo que lo rodea.
La ciudad es mucho más que desarrollo sostenible, sin embargo esa es la perspectiva común que se encuentra en aquellos especialistas en urbanismo, la mayoría sugiere ciudades cuya sostenibilidad física y real sea concretizada con grandes avenidas, edificios inteligentes que agilicen las operaciones, demarcaciones específicas y zonificación de servicios, pareciera que el fin es la ciudad y el medio el hombre; sin embargo, creo que el hombre no es fin ni medio, es el hombre en su accionar que siente la necesidad de vivir en sociedad, de buscar una colectividad que le permita desenvolvimiento y reconocimiento, la necesidad de un rol para trascender dentro de su misma especie. Es necesario también denotar que la ciudad europea es diferente a la ciudad latinoamericana, pese a que se encuentran íntimamente relacionadas, ya que, con la invasión europea a América se supedita el desarrollo de la segunda a la primera, imponiéndose modelos estéticos y funcionales diferentes a un desarrollo propio y particular. La ciudad occidental se desarrolla como tal con la imposición de un humanismo que nos recrea al hombre racional, en donde la humanitas se reduce al concepto de conocimiento e instrucción, pero bajo la perspectiva puramente ideal -especialmente en la plástica y en las letras- del hombre occidental, desconociendo lo para ellos periférico, es decir excluyendo todo lo que saliera de su orbita conceptual de lo que es y debe ser lo humano, “América Latina ha sido hasta ahora mediación del proyecto de aquellos que nos han interiorizado o alienado en su mundo como entes o cosas desde su fundamento. Para nosotros va a ser muy importante esclarecer cuál es el fundamento de ese hombre que nos ha constituido como entes o cosas, para entendernos como latinoamericanos y poder plantearnos la posibilidad de la liberación, de abrirnos un camino a la exterioridad. (…) Por eso es que, el indio, por ejemplo, en el orden de la conquista, no fue nunca respetado como otro, sino inmediatamente instrumentado como cosa. Por ello el mundo hispánico incluyó dialécticamente al mundo del indio, e Hispanoamérica no es sino la expansión dialéctica del abuso sobre el otro” (Dussel, 1991). La ciudad latinoamericana tiene un desarrollo desde el referente de lo hispánico, con sus problemáticas, sus expectativas y sus contradicciones, abiertamente diferente a la concepción de la ciudad o poblado indígena -precolombino-, como prolongación de la naturaleza y no como una irrupción en y desde la misma.
Colombia creció al rededor de Bogotá, desde los Andes, de ahí la manifestación de una cultura cerrada, pacata, retrograda inclusive en sus costumbres y en sus tradiciones, hasta bien entrado el siglo XX la ciudad no era más que un gran villorrio, desorganizado, sin acueducto y sin alcantarillas, con escasas vías en buen estado, las más para los carruajes tirados por mulas que conducían a los grandes hacendados desde el exclusivo barrio de La Candelario, o del popular Las Cruces, a los paseos dominicales a las haciendas de Marly o de los más atrevidos, a Usaquen. Y dentro de la propia ciudad, el epicentro fue La Candelaria, de ahí se vierten sus habitantes por entre toda la sabana y por entre las murallas naturales de la cordillera Oriental; aquí toman asiento los más grandes centros administrativos del país, el Palacio de San Carlos y el Congreso, el Palacio Arzobispal y El Teatro Colón, los Hoteles Regina y Granada, la mayoría de edificios públicos costeados con la pobre indemnización con que las élites políticas se contentaron frente a la toma de Panamá por Estados Unidos. En la década de los cuarenta, empieza a gestarse una importante inmigración del campo a las ciudades, Bogotá entonces enfrenta el reto de recibir a miles de colombianos que huían de la pobreza y del abandono estatal; se construyen nuevas avenidas, se ensancha la carrera séptima, se proyecta la ciudad hacia el norte, se empieza a internacionalizar la figura de la ciudad para atraer a inversores extranjeros.
Mientras tanto, el mundo ha experimentado dos guerras mundiales, después de la segunda el mundo se ha polarizado entre países capitalistas y países socialistas, bajo la égida de Estados Unidos los primeros y de Rusia los segundos. La posición de muchos líderes latinoamericanos oscila entre el péndulo que direccionan unos y otros. Sin embargo, no todos es negro o blanco, hay una interminable gama de grises, que es desde donde se mueve el epitome de la dirigencia colombiana, cuando no de sus sueños rotos y de sus propias ficciones: Gaitán. El gran problema de la historia latinoamericana es la de la idealización de sus prototipos, prefigurada desde un oficialismo dictaminado por las elites, castas añejas que se prefiguraron en el país desde la Conquista, donde empobrecidos y vagabundos aprovechan al gesta para enriquecerse y ennoblecerse en un territorio diferente al suyo, donde porqueros pasan a ser Marqueses y las bataclanas fundadoras de las castas montaraces que han gobernado al país.
Colombia es un país que mitificó a sus héroes, desde Bolívar, pasando por Santander, hasta Uribe o Benjamín Herrera; el problema de la idolatría es que termina por desconocerse al sujeto en sí mismo, manifiesta en su obra, para incoar un sentimiento casi religacional, de respeto rayano en la candidez. Venimos de generaciones que veneran el sentimiento patrio fundado en el héroe, en la estatua, en el monumento, y Gaitán no ha sido ajeno a esta mistificación. De origen popular, tuvo la fortuna de educarse bajo la tutela de su madre, principalmente, de estudiar en una época donde si bien gobernaba el partido conservador en su hegemonía, se gestaban las ideas liberales extendidas desde el Externado de Colombia, cerrado para entonces, pero que posibilitó que se abriera la Universidad Libre, así como la apertura de pensamiento de la principal universidad pública del país, la Universidad Nacional. La mistificación ha llegado a tal punto, que desde la época de estudiante Gaitán fue motivo ya de mito, aduciendo que sus notas eran superiores históricamente a las de cualquier estudiante, hoy comprobamos con asombro como debió aplazar las materias de civil en más de una oportunidad, sin que esto quite mérito a su impecable labor como abogado y como penalista, principalmente, especializándose en la Real Universidad de Roma y donde se dice que Enrico Ferri en un ataque de inesperado asombro besó al colombiano como muestra de admiración por una de las mejores interpretaciones de sus teorías, aunque de eso no hay testimonio cierto sino especulación.
La figura de Gaitán en este punto, nos sirve de pretexto para entender desde ya también la intervención histórica, casi mística, hecha sobre él, sin desconocer en él los valores sustanciales en cuanto a su elocuencia discursiva, hecho que le acarreo ser el penalista de mayor renombre en Colombia, de ahí que se conozcan más sus discursos repentistas que su obra escrita, reducida a su tesis de grado titulada Las ideas socialistas en Colombia, la cual no repercutió verdaderamente en las cuestiones sociales del país, así como a las célebres defensas por él realizadas, pero nada conocemos acerca de su pensamiento doctrinal, ni siquiera un proyecto político concretado en un texto analítico o explicativo, se ha querido ver esta faceta en sus discursos y en sus notas de prensa, pero bien sabemos que dista mucho esto de un trabajo científico, eso forma parte de su endiosamiento.
Gaitán también ha sido intervenido, tanto por sus áulicos como por sus detractores. Muestra de ello es el desconocido libro “El apóstol desnudo”, donde Fermín López Giraldo, uno de los cofundadores de la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria –UNIR-, muestra cómo Gaitán traiciona los fundamentos sociales para sumarse al oficialismo liberal, de ahí la aceptación del cargo de Alcalde de Bogotá y de Ministro de Trabajo y de Educación, donde realmente no hubo trascendencia social política, más bien el recuerdo del paro de taxistas al pretender uniformarlos al mejor estilo de los Camisas Negras del Duche, herencia quizá de sus recuerdos de vida en Roma, bien expresó Álvarez Gardeazabal cuando sintetizó en una frase su opinión sobre el líder liberal: “Gaitán fue el hombre que cambió la plaza pública por el Gun Club” . . Es que el talón de Aquiles de Gaitán es la vanidad, rayana en la ostentación, “pero la ostentación en él era más invasora y llegaba hasta su vestir, sus gustos, sus maneras, sus deseos de ser aceptado por la alta sociedad. Digamos que era más profunda en él esa ostentación” (Torres, 1976. p. 86), de ahí la aceptación de cargos públicos y de distinciones, vinieran de donde vinieran. En Colombia se conoce en Gaitán al héroe, pero se desconoce al hombre.
Su pensamiento es manifiestamente liberal, pero sus expresiones como servidor público muestran a un hombre alejado de las necesidades del hombre concreto de entonces, su expresión sobre el país nacional y el país político hacen síntesis de su propia experiencia, “Cuando tuvo la oportunidad de gobernar y administrar, no lo hizo con acierto; y en el terreno político, más allá de su soberbia actividad oratoria, sucumbió contra la naturaleza de las cosas, sin dejar estructurado un gran partido que le sobreviviera” (Torres, 1976. p. 87).
De todas formas su popularidad, su origen, su evolución intelectual, hicieron de él la piedra en el zapato de las élites añejas liberales y conservadoras: López Pumarejo, Eduardo Santos, Gabriel Turbay, Alberto y Carlos Lleras, por parte del liberalismo, y el Monstruo –Laureano Gómez-, Ospina Pérez, Alzate Avendaño, por parte de los conservadores, no son sino las cabezas visibles de esas élites que se resistían a creer que alguien de la periferia –social y política- alcanzara la mayor dignidad pública en el país. De ahí su asesinato, el cual después de 62 años aun no sido esclarecido.
Se campean todas las hipótesis posibles: para muchos, entre ellos el también inmolado luchador de las causas sociales, Eduardo Umaña Mendoza, tras de su muerte está el poderío del imperio yankee en extensión, máxime cuando se buscaba a todo trance frenar la expansión del pensamiento socialista –léase comunista- en Latinoamérica, cuando unos y otros buscaban la atención de los principales lideres para sumarlos a su causa. Puede decirse que el primer Gaitán tuvo un acercamiento a las fuentes filosóficas del socialismo, manifiesta en su tesis, de la cual se dice debió suprimir varias ideas innovadoras –no se conoce la tesis original- para que fuese aprobada, así como por la defensa que hace a los trabajadores explotados por la United Fruit Company, cuando los trenes dejaron de transportar bananos para cargar los cuerpos de sus trabajadores, en un territorio que se convierte, gracias a quienes impulsaron la intervención mercantilista gringa, en la República de las bananas; pero de Europa, quizá por la proximidad al fascismo de Mussolini, llegó con un pensamiento populista sin que por ello deba reconocerse como socialista, menos comunista. Es cierto que la intervención americana desde la doctrina Monroe, con su célebre América para los Americanos, o con la experiencia particular de la toma y expropiación de Panamá en 1903, no ha cesado –véase la intervención en Centro América, desde el siglo XIX cuando se anexan territorios mexicanos, como California, entre otros, la guerra Sandinista, la toma de Granada, la invasión a Panamá, la puesta de bases militares en Ecuador y ahora en Colombia, así como sus intervenciones en Bolivia, Salvador, sin olvidar el horroroso y criminal embargo económico por varias décadas a la insular Cuba, etcétera, etcétera-. De ahí que la tesis sobre la implicación de la CIA en su asesinato no sea tan descabellada, pero conjugada con las élites conservadoras y liberales, conmilitones serviles de las causas estadounidenses.
El senil López Michelsen en sus memorias, escritas antes poco antes de su muerte, y después de una muy larga vida, deja entrever que el asesinato de Gaitán se suscita por líos de faldas entre Roa Sierra, el supuesto asesino, y el amante de su prometida, queriendo con ello demostrar simplemente su hombría. Para los Masones , la muerte de uno de sus hermanos (H:.) , obedece no a la intervención norteamericana -se recuerda que los fundadores de la Patria Grande, Estados Unidos, fueron todos masones, y que su riqueza y prosperidad está manifiesta en la simbología hasta de su moneda, el dólar-, ni siquiera al entramado político llamado Violencia, generado por el odio superfluo entre godos y cachiporros, obedece, según ellos, a la locura de un hombre como Roa Sierra, sin que se cuestionen la veracidad del hecho. Una intervención más para el líder inmolado.
El Hotel Continental está íntimamente ligado a la vida de la ciudad, a la intervención americana y, como no, a Gaitán. La idea original, plasmada por Vicente Nasi, era la de construir un edificio moderno con carácter residencial, sin embargo, a solicitud del presidente Ospina Pérez, cambia su destinación y se construye como Hotel, buscando un lugar acorde con los huéspedes que lo inaugurarían, los asistentes a la Conferencia Panamericana, desde donde se definiría la creación de la Organización de Estados Americanos –OEA-, cuya doctrina principal, bajo el amparo de Estados Unidos, sería frenar todo intento de intervención comunista en el continente. Puede decirse entonces que la génesis del Continental posee ya una intervención primera, el cambio de un lugar de residencia para, seguramente, acaudalados y modernistas habitantes del Bogotá de los cuarenta, a un hotel que alojaría a los dignatarios de todos los países Americanos, conferencia, por demás, de la que Gaitán fue excluido por las élites políticas ya mencionadas.
En el restaurante y bar del entonces Hotel Continental se daban cita todas la figuras cimeras de la política colombiana, era la oportunidad de intercambiar ideas con líderes de otros países, lugar desde donde seguramente se fraguó el destino del continente Americano, y por que no, de su relaciones con el resto del mundo, particularmente con Europa, que experimentaba las consecuentes recientes de la Segunda Guerra Mundial. Liberales y Conservadores olvidaban sus diferencias simuladas para brindar por el mantenimiento de un status quo que a todos convenía; es conocido que Gaitán no fue ajeno a visitar el lugar, era la oportunidad para retar al oficialismo que lo había excluido de asistir a la Conferencia continental, pero así mismo para experimentar los lujos y las comodidades de una modernidad que había experimentado durante sus viajes y que, nada raro, quizá añoraría.
El 9 de abril de 1948 el país experimentaría un hecho que cambiaría su historia, y que de una u otra manera impulsaría su ingreso a la modernidad –tardía, al decir de Rubén Jaramillo Vélez. El entonces candidato presidencial seguía recogiendo las palmas en el ejercicio de su profesión, días antes había realizado la impresionante marcha del Silencio, en donde miles de seguidores del caudillo circularían como ríos por entre las calles de la ciudad capital, acompañados de antorchas, en la premonición del fuego que es a la vez génesis y destrucción, marcha que aterraría a la elites, ya que se manifestaba el poder de convicción de un líder de raigambre netamente popular; pocos días antes había dirigido desde Manizales la célebre Oración por la paz, en épocas de miedo, en donde se mostraba el político arrasador, el repentista magnífico, con el temor de que llegando al poder podría defraudar al país nacional, como lo había hecho siendo Alcalde o Ministro. Director del partido Liberal, el candidato presidencial más con mayor opción para llegar a la primera magistratura del país, además había logrado que el teniente Cortés saliera libre de un juicio donde todo se presentaba en su contra, el nueve, en compañía de varios líderes liberales, y de brazo de Plinio Mendoza Neira, se dirigían a almorzar al Continental –aunque hay versiones que dicen que al Regina, otro afamado hotel de la ciudad-, para celebrar el triunfo jurídico, pero también para conspirar contra la politiquería tradicional, a la que aparentemente odiaba, pero de la que de una u otra manera forma parte ya. Al salir de su oficina, se sienten cuatro tiros, tres de los cuales impactan en la humanidad de Jorge Eliécer Gaitán Ayala.
El reloj marcaba la 1:05 del día. Mendoza Neira afirmaría que los tiros llegaron de diferentes flancos. De ahí la tesis de la presencia de más de un francotirador. Cayó fuera del edificio Agustín Nieto, lugar de su oficina de abogado, Carrera 7 No. 14-35. Inmediatamente es recogido y conducido a la Clínica Central, cercana al lugar de los hechos. A la 1:55 pm las Parcas terminarían por recoger el hilo del que pendía su vida. Su muerte daría lugar al llamado Bogotazo, que se regaría por todo el país, despertando la ira contenida de miles de colombianos que habían depositado en un hombre que creían uno de los suyos. Bogotá es destruida por la turba enfurecida. Inician por destruir las casas de los líderes conservadores, de ahí a los periódicos El Siglo, El Tiempo y El Espectador. El antiguo Palacio de Justicia es fruto del odio visceral, el mismo que se volverá a repetir en 1985, donde podemos hablar también de las Intervenciones sobre las edificaciones que la contienen y todo lo que ello significa. El tranvía es semidestruido, aunque siguió funcionado por unos años más. El centro de la ciudad se torna un campo de batalla, asesinando a cientos de improvisados francotiradores o bizarros seguidores del Caudillo, cuanto no los voyeristas que disfrutan con placer observando lo prohibido. El propio Fidel Castro Ruy, entonces estudiante de derecho que visitaba la ciudad buscando desestabilizar la Conferencia Panamericana, y con quien Gaitán tenía cita a las 5:00 pm del fatídico 9 de abril, tomaba las armas de un cuartel de policía y dirigía desde una emisora arengas para que el pueblo se levantara contra el poder oficial.
El llamado Bogotazo permite que la ciudad se modernice. Las viejas estructuras coloniales y republicanas son posteriormente destruidas para dar paso a avenidas más amplias y a edificaciones más modernas. La turba embravecida se riega por la séptima, buscan llegar y tomar el Palacio de San Carlos, desde donde Echandía exclamaría la célebre frase: “Este es un país de cafres”, y desde donde Berta Hernández, arma en mano, defendía a su esposo, “El Señor Presidente”, como se dice le decía hasta en la intimidad. Ese mismo día se quemaba en su primera edición la primera novela de negrerias, Las Estrellas son negras, de Arnoldo Palacios, obligándolo a partir a Paris en donde encontraría la cura para su cuerpo y consuelo para su alma de negro. El Continental se salvó de las llamas. Es curioso que el alud de descontentos y de aquellos que aprovecharon la ocasión para adquirir lo que nunca se imaginaron, no se hubiesen dirigido contra los representantes de la Conferencia Panamericano hospedados en el Continental; decimos curioso, ya que representaba en cierta forma los intereses de Estados Unidos y la posibilidad internacional de poder intervenir mediante la creación de la OEA, además, como se ha dicho ya, representaba la oficialidad estatal, la misma que había excluido a Gaitán para que participara en ella.
El Continental, intervenido desde su génesis, en esta ocasión fue testigo presencial del suceso más importante que haya vivido la ciudad. Sin embargo, pareciera que un sino trágico acompañaría su destino, ya que si bien la gleba enfurecida no lo atacó, el abandono y el olvido harían de él guarida de ladrones, expresión del lunfardo, asilo de dementes y de excluidos de la ciudad, lugar de sibaritas fabricantes de paraísos artificiales. Particularmente esa es mi primera experiencia con el famoso Continental. Llegué del apartado pueblo de Ipiales, Departamento de Nariño, lugar en donde, por demás, Gaitán saldría elegido por primera vez como Senador de la República en 1944; el primer y obligado paseo para los provincianos era la visita al Centro de la ciudad, la Plaza de Bolívar, entonces con el monumento reciente de las ruinas del Palacio de Justicia, más al norte, el lugar del Bogotazo, del cual tanto pero tanto había oído y leído; siguiendo, la Jiménez, hacia el oriente, la Plaza del Rosario, con el ídolo de miedo representado en la estatua de Jiménez de Quesada, el verdadero Quijote americano, subiendo, el extinto TPB, pasando la cuarta, el derruido y famoso Hotel Continental, cuyas ventanas inferiores estaban cubiertas por unas laminas de madeflex, mural para cientos de grafitos improvisados que delataban amores pasajeros o recodos de insultos sostenidos; un olor fétido expelía el edificio, fruto de la concentración de la micción de varios lustros y del hacer del cuerpo de los incontinentes, entonces la intervención del Continental lo había convertido en baño público y en lugar de paso para los habitantes de la calle. Sin embargo, para aquellos que reconocíamos la importancia del lugar, el edificio, aun en ruinas, guardaba un cierto aire de dignidad, recuerdo de una sociedad señorial que buscaba ser moderna, como la figura de aquellos pobres vergonzantes que ostentan títulos y blasones venidos a menos, pero que en el habla y en el caminar delatan la virtud de una casta heredada, ahora transida y abatida. Sus gran puerta mostraba los recuerdos de sus mejores tiempos, el mármol negro la opulencia de una ciudad que empezaba a dejar de ser provinciana; su forma, la manifestación de un atrevido arquitecto y de un pródigo mecenas en una ciudad pacata y premoderna.
Hoy, el edificio ha sido nuevamente intervenido y se convierte en lugar de residencias, recuperando la idea original; se ha conservado la fachada original, pero su interior ha sido reestructurado, buscando tanto la comodidad de sus habitantes y visitantes, como cediendo a las pretensiones de una ciudad y de una sociedad futurista, casi que transida en una posmodernidad que aun le sigue siendo ajena. De ahí el pretexto de este largo discurso para poder decantar en la expresión artística desde la Intervención Continental, donde la mirada expectante del artista se posa sobre este viejo edificio. Soy un convencido que el artista es más hijo de su tiempo que cualquier otro ser. El artista manipula la materia y la dota de una trascendencia que atrae la atención del espectador, quien también se vuelve creador con la singularidad de su mirada. La obra en sí misma carece de significado, es el hombre, cualquiera que este sea, quien la dota de significado al retrotraer su experiencia particular hacia sí mismo, volcando sobre ella todo un universo de interpretaciones, atravesado por gustos y disgustos, por expresiones estéticas abocadas a su propia singularidad.
El abandono por lustros del Continental creó en los espectadores de la ciudad un sentimiento de represión que hoy se resuelve con su reapertura, de ahí la necesidad de la mediación estética con que se inaugura el edificio. Freud, en El malestar en la cultura, reconoce en el estado de represión la posibilidad de la fuga como medio de defensa, sin embargo, tratándose del instinto, agrega, es imposible que el hombre huya de sí mismo, no queda entonces sino un camino reflexivo del instinto que opera mediante la condena; la satisfacción de un instinto produce siempre placer, de ahí que la muestra artística que hoy se nos presenta, sea en cierta medida la posibilidad de una catarsis sobre la historia reprimida ante el abandono de una edificación emblema para la ciudad, de ahí la variedad de obras, algunas detenidas en la pieza del edificio como una estructura más de la ciudad, otras transidas en la evocación de una memoria histórica que nos es común, cuanto no las que revierten sobre una crítica ante la presencia extranjera en el escenario colombiano, y, como no, también los lugares posibles, los lugares imaginados, las ucronías, que son también no-lugares recreados por el artista y visitados por el espectador.
La mirada del artista siempre será distinta. Es siempre cuestionante, intrigante. Máxime cuando el arte deja de ser espejo de la realidad cumpliendo un papel meramente informativo y se torna simbólica, abstracta, cuando muestra un objeto alejándose de su representación real; es la mirada detenida que hacen hoy los artistas sobre El Continental, permitiendo universalizar un elemento que pareciera coloquial, exclusivo para los bogotanos y para unos cuantos colombianos. La estética puesta en sus obras, muestra mucho más que un simple edificio, en ruinas o restaurado, muestra en Gaitán mucho más que un simple mito detenido en la estatuaria, hay una mirada manifiesta en diferentes expresiones que muestran la importancia de un escenario que es a la vez fruto del destiempo y el sin lugar. El arte nos abre a un mundo de representaciones, en este caso sobre las Intervenciones del Continental, no a este como es o como fue, sino manifiesto en la expresión del artista y recreado en la visión del espectador. Los videos, así como las expresiones plásticas expuestas no cumplen la función de ser documentos que muestran un escenario –El Continental-, un personaje –Gaitán- o un acontecimiento –El Bogotazo-, para ello están los periódicos, los libros y las revistas de la época o sobre ese acontecer histórico colombiano, sin desconocer por ello la relación que hay entre el mundo y el arte, más bien hay una expresión sobre las intenciones sociales del artista, la obra entonces se torna como testimonio de esos aconteceres y de esos lugares.
Es curioso que el pretexto para la exposición sobre la Intervención Continental sea la muerte de Gaitán, ya que, como lo afirma Rubén Sierra Mejía, el 9 de abril de 1948 divide en dos la historia del arte en Colombia, en el sentido que antes de esa fecha no había una preocupación artística por mostrar las situaciones sociales complejas –guerras, crímenes, desigualdades sociales, etcétera-, es a partir de ahí que el artista busca dejar testimonio de esas complejidades, sin por ello ligar ostensiblemente al arte con la realidad histórica, caso en el cual, como se mencionó ya, se caería en el papel de mero documentador. Esta muestra va mucho más allá del hecho histórico, pero busca develar el papel que cumple la mano ajena en un espacio determinado, el papel del Interventor es precisamente cambiar el objeto; de denuncia, como se dijo al inicio, al mostrar artísticamente el intervencionismo estadounidense o de las potencias en Colombia; pero al mismo tiempo los artistas juegan también con ser ellos interventores, no como entes fiscalizadores, sino jugando con nuevos elementos desde las diferentes manifestaciones artísticas, es el Continental puesto en la óptica del artista, así como bajo la interpretación del espectador. Hay una mirada moderna sobre una sociedad premoderna, así el arte “ha tenido la tarea de sacar a la luz lo reprimido, lo vergonzante, lo sórdido” (Sierra, 2002. p. 298), en clara concordancia con lo dicho aquí sobre la represión en Freud. La Intervención Continental de estos artistas, nos muestra un escenario y un lugar que necesitan ser contemplados estéticamente para no morir de miedo en una Latinoamérica intervenida o en un país de horrores, como el nuestro.
















Referencias

DUSSEL, E. (1991). Introducción a la filosofía de la liberación. Bogotá, Colombia: Editorial Nueva América.

FREUD, S. (1988). El malestar en la cultura. Madrid, España: Alianza.

JARAMILLO VÉLEZ, R. (1994). Colombia: la modernidad postergada. Bogotá, Colombia: Argumentos –Temis.

LÓPEZ GIRALDO, F. (1936). El apóstol desnudo. Manizales, Colombia: A. Zapata.

PULIDO OSPINA, A. La Ciudad Colectiva, En Revista Urbana En Línea, 1. http://www.andrespulido.com/uel/archivo/colectiva.pdf .

SIERRA MEJÍA, R. (2002). Arte y testimonio. En: La filosofía y la crisis colombiana. Bogotá, Colombia: Taurus, SCF, Universidad Nacional de Colombia.

TORRES, M. (1976). En el apogeo de la crisis moral. Gaitán, grandeza y limitaciones psicológicas. Bogotá, Colombia: Tercer Mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario